miércoles, 12 de mayo de 2010

LLUEVE



Cuando era pequeña solía aplastar mi nariz en el cristal de la ventana cada vez que había tormenta. Me parecía todo un espectáculo observar los impresionantes rayos cayendo aquí y allá, caprichosamente; solía contar los segundos que pasaban hasta que oía el estrépito de los truenos, que me sobrecogían como si fuera el rugido de un gigante mostruoso; y ver admirada como caía el agua, a veces como acariciando y otras golpeando con energía mientras yo, protegida, permanecía seca y al abrigo de la casa caliente.


Ahora, sin embargo, me despierto sobresaltada cuando la tormenta, con todos sus elementos desplegados, hace vibrar las paredes, golpetea en las ventanas e ilumina la habitación por unos instantes. Sigo estando protegida y caliente, como entonces. Pero sin embargo, necesito encogerme como si me hiciera pequeña de nuevo. Sé que no siento frío, que la lluvia no me moja ni los rayos me alcanzan. Pero me siento insegura.
Hago un repaso mental confirmando que toda la familia está a buen recaudo y respiro tranquila. E inmediatamente, inevitablemente, pienso en todos aquellos desafortunados que no tienen una ventana desde la que mirar la tormenta.
Ya no es un espectáculo admirable; el cielo gris, sin luz, pendiendo sobre nuestras cabezas amenazante inunda de melancolía mi ánimo. Por suerte, siempre pienso que el azul brillante se impondrá finalmente para ver las montañas, el horizonte, hasta donde me alcance la vista porque así es siempre, años tras año, estación tras estación. Y es lo que nos da vida: la lluvia y el sol.

lunes, 10 de mayo de 2010

LOS JUZGADOS, LOS JUICIOS Y LOS JUECES



Los juzgados, los juicios y los jueces siempre han sido noticia. Pero últimamente han ido adquiriendo una mayor notoriedad por la relevancia de algunos casos que están en la palestra política y en las portadas de la prensa. Ahí están los casos Matas o Gürtel; el Tribunal Constitucional; el caso (o más bien casos) del Juez Garzón; en Cantabria los casos de derribo o la paralización de la variante de Comillas.



Como todo, hay diferentes criterios y argumentos para cada postura, seguramente fundados. Yo, honestamente, debo confesarme absolutamente lega en la materia, por lo que, a falta de mejor juicio (nunca mejor dicho), procuro aplicar la lógica y el sentido común. Y ambos me llevan a una obviedad: a todos los ciudadanos se les debe conceder la presunción de inocencia en tanto no se pruebe su culpabilidad; los procesos a los que se les someta deben seguirse con todas las garantías del Estado de Derecho; y que, entre los ciudadanos, lógicamente, también se incluyen los jueces que cuentan con los mismos derechos y están obligados a las mismos deberes.



A los juzgadores, por su parte, les es exigible objetividad y rigor en su instrucción así como ponderación en el juicio que debe ajustarse en todo momento a las leyes; y hacerlo limpios de cualquier otra afectación ideológica, religiosa o política, puesto que son los garantes de su cumplimiento.



Creo que esto, como digo, es una obviedad y nadie lo discute. Sin embargo, aunque todos partimos de las mismas premisas cada uno de nosotros llegamos a conclusiones diferentes. No hay más que leer a diario las distintas posturas de unos y de otros, a veces enconadas y agrias. El Juez Garzón es el paradigma de la contradicción entre unas posiciones y otras: víctima de una venganza y persecución o ciudadano sujeto a las leyes sin más trastienda. La demora del Tribunal Constitucional en definir una sentencia definitiva levanta ampollas entre los nacionalistas y los partidos socialista y popular, especialmente por la no renovación de algunos de sus cargos y la ideologización de sus miembros. Las diferencias parecen irreconciliables.



En los casos de Cantabria, las sentencias han despertado desacuerdos más o menos explícitos por el perjuicio económico y social que provocan. Le siguen recursos para la revisión de las sentencias y propuestas para solucionar las irregularidades administrativas que las ocasionaron.



En definitiva de lo que se trata es de que el poder judicial, como pilar fundamental del Estado (junto al legislativo y el ejecutivo) debe actuar, por su propia naturaleza, con objetividad y valorando todas las premisas y condicionantes que entran en juego. Sin embargo, en muchas ocasiones difícilmente pueden sustraerse a presiones de todo tipo y en todos los sentidos, igual que los otros poderes. Y además, cada día con más frecuencia, también está sometido a la crítica y a la opinión pública, por poco que guste ejercer la responsabilidad bajo la lupa de todas las miradas; de igual modo que lo están Gobiernos y Parlamentos.



Como ejercicio humano que es, la justicia no es infalible. Por eso el mismo procedimiento jurídico prevé mecanismos que garantizan la posibilidad de corrección o rectificación en otras instancias.


Con todo esto quiero decir que en todo momento se deben respetar las resoluciones judiciales; que se debe dejar trabajar a la justicia en el ejercicio de su soberanía e independencia. ¡Cómo no!. Pero que también se debe aceptar como normal que los ciudadanos sometidos a ella puedan diferir de su criterio y utilicen todos los medios legales a su alcance para su defensa. Y cuando se trata de sentencias que afectan a colectivos, con mayor motivo porque las consecuencias de sus decisiones son más relevantes. Ello exige que se contemple (como seguramente así es) el bien común como consideración fundamental. Que se encuentre el equilibrio de su símbolo, la balanza, para que el edificio se mantenga sólido.

sábado, 20 de marzo de 2010

YO ME CONFIESO


Si hay algo que se aprende con los años es a conocerse e incluso a aceptarse. No es fácil. La reflexión sobre uno mismo exige un esfuerzo de sinceridad y de humildad muy costoso aunque necesario. Ser capaces de vernos desnudos, sin adornos, tal como somos en verdad. Y también valorar lo que queremos ser. Yo, lo confieso, lo he hecho y no siempre me ha gustado.

Cuántas veces he aceptado como merecido lo mucho que la vida me regalaba. Por simple vanidad.

Cuántas veces he confundido halagos con admiración. Por simple vanidad.

Cuántas veces he creído injusta una derrota cuando era sólo resultado de mi incapacidad. Por simple vanidad.

Ahora sé que mucho de lo que tengo y de lo que soy en realidad no me pertenece. Sólo es resultado del destino, de oportunidades, del entorno. Destino caprichoso, oportunidades aprovechadas y entorno favorable.

Ahora soy consciente de la fortuna y del infortunio; de la miseria humana y de su grandeza; del engaño y de la franqueza.

Ahora veo que puede ser complejo lo que parecía sencillo y no entender nada de lo que suponía transparente.

Ahora me conozco más. Porque, despacito, voy abandonando la vanidad de creerme mejor, más valiosa, con más derecho.

Me sigo equivocando; pero me cuesta menos rectificar

Me sigue doliendo la mentira; pero me ayuda a encontrar la verdad

Me sigo sintiendo fuerte y capaz; pero sabiendo que soy vulnerable

Y lo mejor de todo es que sigo soñando; sigo creyendo en la vida y en mí.


viernes, 12 de marzo de 2010

VIVA LA MUSICA


No entiendo de música; como no entiendo de arte. No sé transformar en melodía los signos sobre el pentagrama. No soy especialista en corrientes musicales, ni en músicos. Aunque admiro a los que saben leer partituras y transformarlo en una composición armónica; como admiro a los que crean a partir de un lienzo blanco o de un bloque de mármol.

Sólo me queda disfrutar.... disfrutar cantando con los que cantan mientras conduzco; o emocionándome mientras me recreo con el aria de una ópera; o dando saltos sumergida en la euforia de un concierto en vivo; o creyendo la escena de una película con una banda que la hace real.

La música nos acompaña en nuestra vida. Hay música generacional, que identifica a los que siguen su estilo y sus autores; hay música de raíz, que distingue la tradición de los pueblos hasta convertirse en su misma esencia; hay música atemporal, de genios inigualables que nacieron con la fortuna de hacer vibrar así pasen años y siglos. Hay canciones de amor y de guerra; de cuna y de funeral.

La música es el ambiente de muchos momentos. Endulza, emociona, entristece, excita, enardece, serena...Con una canción amamos, recordamos, soñamos, lloramos. Nos hace sentir de mil maneras diferentes y mil músicas parecen estar detrás de la misma melodía según quién la escucha.

La música está en nosotros. La música está en mí. Y yo la disfruto
Para mi amiga E. cuyo amor por la música la ayuda en los malos momentos

miércoles, 3 de marzo de 2010

SU MAJESTAD EL PACTO


Hace unas semanas todos nos sorprendíamos con un gesto del Rey D. Juan Carlos invitando a la Zarzuela a los representantes sindicales. Todos nos preguntamos a qué se debía ese hecho tan poco habitual en un rey como el nuestro que, por imperativo constitucional y creo que por convicción, siempre se mantiene al margen del día a día de la gestión del Gobierno. Nos tiene más bien acostumbrados a enviar puntuales mensajes en su discurso navideño y también en algunos foros de especial relevancia. Y poco más.

Su llamada al diálogo y al consenso en las difíciles circunstancias actuales se habían repetido en los últimos tiempos hasta llegar a la insistencia. Pero la cita de la Zarzuela sonaba más bien a puñetazo en la mesa.


Pero hete aquí que surge "estosololoarreglamosentretodos.org", una web que intenta aglutinar a todos aquellos que se han puesto en marcha para inspirar confianza en nuestras posibilidades, en nuestro futuro y hacerlo entre todos. Una idea que surge de abajo hacia arriba y se extiende desde los medios de comunicación como un sunami. En realidad, aunque sea una iniciativa de las cámaras de comercio, entre otras instituciones, no hace sino relejar una idea, más bien un clamor popular, compartido por la inmensa y abrumadora mayoría de los ciudadanos.


Entre uno y otros parece haberse formado una pinza que ha obligado al Gobierno al Gobierno a plantear (al menos a plantear) un pacto entre partidos, sindicatos y empresarios. Una propuesta así exige a todos los partidos a mantener las formas y sentarse a hablar, unos con más interés que otros; unos con más sinceridad que otros. Su éxito será directamente proporcional a la generosidad de todos los participantes. Una generosidad política que sea capaz de apartar no tanto las rencillas y diferencias cuanto las tentaciones de oportunismo político. ¿Es pedir mucho?. Creo que no, al menos no es pedir mucho que haya voluntad de paacto como primera condición indispensable.


Cosa diferente es que el resultado del acuerdo, descendiendo al terreno de las medidas concretas, sea efectivo y adecuado para conseguir lo que se persigue: frenar la crisis y sus dañinos efectos para reactivar la economía. Las estrategias propuestas por unos y otros serán, obviamente, diferentes; pero eso es algo consustancial al sistema democrático de partidos. Y eso no debe desanimarnos ni apartarnos del propósito principal. Antes al contrario, debe ser el motor que mueva el pacto: ceder todos para ganar todos. Y por ganar no quiero decir ganar votos ni ganar apoyos políticos, que casi siempre son coyunturales. Sólo con el acuerdo se consigue que todos rememos en la misma dirección, sumemos esfuerzos y nos sintamos en el mismo barco, partícipes de un objetivo colectivo, que nos es otro que España.



martes, 23 de febrero de 2010

MI TIERRA






Es azúcar y sal; es arena y nieve; es flor y roca; es luz y tormenta.
¿Locura?¿Pasión? No....o quizás sí.

No es extraordinario que uno se sienta arraigado a su entorno; le es familiar y querido. Pero, a veces, se da una simbiosis especial, un sentimiento más profundo, como un cordón umbilical que le vincula por siempre a su tierra.


No significa que sea imposible admirar otros paisajes, apreciar y disfrutar otros lugares, cercanos o remotos. No es contradictorio y tampoco incompatible. El gusto por viajar y conocer otras tierras tiene mucho que ver con la razón, con el deseo de aproximarse a lo desconocido. Pero el amor a la tierra brota del corazón.


Me gusta recorrer cualquiera de sus rincones, tan distintos. Admirar los verdes de prados y montes, siempre vivos y frondosos. Y, desde lo alto de un acantilado, contemplar un mar tan pronto sereno como bravo que lame la roca como si fuera suya. Adentrarme en los desfiladeros que cierran el horizonte como si llegara al fin de la tierra para, de pronto, abrirse a un valle pacífico y acogedor. Pasear lentamente por la arena, clara y suave, casi dulce, de playas recoletas, olvidadas, donde te sientes refugiado y protegido. Bordear el agua de rios siempre locos que corren sinuosos en busca de laderas menos pindias donde encontrar la calma. Y entrar en las cuevas que nuestra geología convirtió en cobijo para sus gentes, mi gente. Y quedarme boquiabierta con lo que sintieron y plasmaron hace mucho, mucho tiempo en las paredes frias y oscuras de las cavernas. Disfrutar de una comida sencilla, sabrosa, maternal, en un pueblo escondido detrás de cualquier curva de la carretera, mientras hueles el humo de la leña y observas las caras de los jugadores de mus fente a tu mesa.


¿Cómo no amar una tierra así?. ¿Cómo no sentir pasión por ella?¿Cómo no desear abrir la ventana y respirar su aire? ¿Cómo no querer ser parte de ella?

sábado, 13 de febrero de 2010

AMANECER JUNTOS


Desde aquel día en que recogió su guante caído al pié del tranvía no había podido olvidar aquellos ojos. Unos ojos que le habían dado las gracias, le habían sonreído, le habían enamorado.
Volvió a diario a aquel lugar, a aquella hora, esperando volver a encontrarlos y disfrutar de su brillo y su profundidad. Tuvo que servirse de su paciencia y tesón porque tardó mucho en conseguirlo. Cuando volvió a verla, con su abrigo gris y los mismos guantes negros, no se dejó vencer por la timidez. Se dirigió a ella con La seguridad y el aplomo que sólo los grandes sentimientos impulsan. Y logró ver de nuevo la sonrisa en aquellos ojos.
No fue fácil. Pero a partir de ese momento cada día su amanecer era su mirada. Muchos amaneceres; muchas miradas, unas veces brillantes, otras llenas de lágrimas.
Ahora él seguía teniendo su mirada, perdida en algún lugar lejano, desconocido. No era aquella que vió salir del tranvía. Ella no sabía quién era el que la ayudaba a caminar, el que le daba de comer y le ponía la ropa. Ella no sabía qué nombre darle a aquel hombre que seguía cogiendo su mano por la noche.
Pero su mirada seguía siendo, para él, su amanecer.