miércoles, 12 de mayo de 2010

LLUEVE



Cuando era pequeña solía aplastar mi nariz en el cristal de la ventana cada vez que había tormenta. Me parecía todo un espectáculo observar los impresionantes rayos cayendo aquí y allá, caprichosamente; solía contar los segundos que pasaban hasta que oía el estrépito de los truenos, que me sobrecogían como si fuera el rugido de un gigante mostruoso; y ver admirada como caía el agua, a veces como acariciando y otras golpeando con energía mientras yo, protegida, permanecía seca y al abrigo de la casa caliente.


Ahora, sin embargo, me despierto sobresaltada cuando la tormenta, con todos sus elementos desplegados, hace vibrar las paredes, golpetea en las ventanas e ilumina la habitación por unos instantes. Sigo estando protegida y caliente, como entonces. Pero sin embargo, necesito encogerme como si me hiciera pequeña de nuevo. Sé que no siento frío, que la lluvia no me moja ni los rayos me alcanzan. Pero me siento insegura.
Hago un repaso mental confirmando que toda la familia está a buen recaudo y respiro tranquila. E inmediatamente, inevitablemente, pienso en todos aquellos desafortunados que no tienen una ventana desde la que mirar la tormenta.
Ya no es un espectáculo admirable; el cielo gris, sin luz, pendiendo sobre nuestras cabezas amenazante inunda de melancolía mi ánimo. Por suerte, siempre pienso que el azul brillante se impondrá finalmente para ver las montañas, el horizonte, hasta donde me alcance la vista porque así es siempre, años tras año, estación tras estación. Y es lo que nos da vida: la lluvia y el sol.

2 comentarios:

Nuevo Mundo dijo...

Tu descripción de la lluvia y el ambiente tormentoso es tan cálida y tierna que uno no puede dejar de sentirse junto contigo, mirándo, con la nariz pegada en el cristal de la ventana, este hermoso espectáculo de fuerza natural.

Manu dijo...

La lluvia, inevitable recuerdo de la niñez. La tormenta, demostración de poder de la naturaleza. El refugio, recurso de la humanidad lleno de calidez y buenos momentos.